LUÍS FEDERICO BLANDÓN

Esta es la forma como Luis Federico Blandón, el mensajero elegido por María Santificadora, narra su propia vida.

“Desde mi niñez quise ser sacerdote, pero por mi pobreza y orfandad, no me fue posible.  Tenía yo 11 meses cuando mi padre murió y mi madre quedo con 11 hijos en la calle de posada en posada”.

En este relato solo deseo dar a conocer las riquezas espirituales y al mismo tiempo enfangar las riquezas del mundo.

Tenía ocho años cuando estudiaba en la escuelita y por las tardes me iba a vender los periódicos que en aquel tiempo salían:” el diario” y la  “defensa”, me ganaba dos centavos por cada periódico que vendía y feliz regresaba a mi casa con 15 centavos de ganancia, todo para mi madre, y devolvía el resto a mi maestro que me prestaba para comprar periódicos.

Una vez cuando llegue de la escuela, encontré a mi madre almorzando y me di cuenta de que casi no teníamos que comer,  ya que muy “maliciosamente” mi madre dejo lo que estaba comiendo para dejármelo a mí. En ese entonces estaba yo en segundo de primaria, y al otro día de inmediato le conté a mi maestro lo que estaba pasando y le rogué que me “alcahueteara” y me dejara salir de la escuela sin que mi mama se diera cuenta y así poderme ir a trabajar; pero no lo quiso.  Sin embargo, mientras yo vendía periódicos, pedía trabajo por todas partes pero sin ningún resultado, ya que mi ropa era sucia y raída.

En aquellos días la comunidad de la escuelita quiso que todos los niños pobres hiciéramos la primera comunión. La alegría para mí fue desbordante, pero se fue tornando en tristeza ya que no tenía que ponerme, ni quien me diera un vestido por humilde que fuera.

Pero ¡hay hermano! La gracia de Cristo y la santidad de mi Madre del cielo empezaron a actuar fuertemente en mi vida: ¡Fíjate hermano! Una señora bondadosa que aún no se quien sería, me dio unos pantaloncitos cortos de dril negro, una camisa blanca de tela sencilla y una velita de “centavo”; y en esos momentos mi corazón se dilató, se ensanchó de alegría y esa pobre alma que se sentía tan sola, pasó a sentirse privilegiada y llena del amor de un padre que vivía en mí, pero que por más que luchaba no lo podía ver…

Y así al otro día en gran desfile salimos todos los niños al encuentro con Jesucristo, Señor tuyo y Señor mío.  Los que tenían zapatos iban detrás de los que estábamos descalzos y recuerdo con gran alegría que yo iba de primero por ser el más pequeño.

Así con gran alegría llegamos al templo de San Antonio a recibir la Sagrada Eucaristía, cuerpo inmolado de mi señor Jesús, que se da a las almas pobres de espíritu, y a todos los que quieran recibir el Santo Cuerpo de Cristo y bendice a todas las almas para que fecunden como el grano de trigo y produzcan fruto copioso y así diáfanas y luminosas difundan por todo el mundo la adorable belleza de Jesús.

En aquella primera Eucaristía y desde aquel momento una gran luz iluminó mi alma, y toda una gran floración de amor a María y a Cristo cubrió mi corazón.  Ya estaba en tercer año de escuela y ése sería el último año de estudio para mí; ¡que doloroso hermano! Quedaba yo en la más completa ignorancia hasta el fin de mi vida, ya no habrían  mas cuadernos, ni maestros para mi, ya no tenía con que pagarlos, ahora seguiría solo, ni un lápiz me acompañaría desde aquel momento.

¡Pero no importaba! Como inspirado por una luz divina, fui a pedir posada a San Antonio para que me dejaran estudiar a cambio de mis servicios al sacerdocio, y “me regale” para hacer mandados, servir de barrendero, limpiar los pisos, botar basuras y hacer todo lo que ellos quisieran mandarme, pero fíjate, !también me rechazaron!

Salí de aquel lugar muy triste y me fui a comprar los periódicos y salí a anunciarlos a todo grito para terminarlos pronto.  De tanto gritar mi voz se puso afónica, casi ni se oía y me senté en un andén a llorar; sentía que ni aun el trabajo más humilde me daba resultado, que mi madre nada tenía en la cocina y que mi alma se había desnudado poco a poco de las rosas que mi Señor había puesto en mi corazón, de pétalo en pétalo iban cayendo en aquel  anden mugroso y desolado, la gente escuchando mis lamentos se arrimaban y me compraban los periódicos aunque no los leyeran, cuando solo me quedaba el último como de costumbre se lo lleve a mi maestro, por haberme prestado para comprar la venta del día.

Una tarde fui con el periódico a visitar un cliente, dueño de un café llamado “La Rambla” y me dijo: “¿tu quieres trabajar  llevando tintos y frescos a domicilio a las oficinas cercanas?” yo no lo pensé dos veces, y le dije que sí, de inmediato me puse a limpiar las mesas; los pocos periódicos que me quedaban los termine en el mismo café.  Y fue así como deje de estudiar para enfrentarme a trabajar para ayudar a mi madre.

Pero fíjate hermano, cómo la ingratitud del hombre empieza desde su niñez; tras la búsqueda del mejor trabajo, la mejor alimentación, el dinero, abandonamos a nuestro noble padre; desde aquella hora no me volví a acordar de Jesús en la Eucaristía noche en el cenáculo, El que me tuvo en cuenta aquella noche en el cenáculo.   Él que pensó en mi cuando por primera vez tomó el pan, lo partió y lo dijo:”Tomad y comed de Él, porque éste en mi cuerpo…” todos mis anhelos cristianos los cambie por un charol lleno de tintos y gaseosas para otros.

Siempre vemos que el hombre moderno cambia a su Dios del cielo por el dios del dinero y pasa a corresponderle con ingratitud, ¿acaso tú no te has dado cuenta de que eres templo de Dios? ¿No te has dado cuenta de que por la mente divina pasaste tú? ¿No te has dado cuenta de que eres hechura de Dios? ¿Y que la Trinidad Eterna colocó en ti todas tus falanges, vertebras, huesos, arteria y todos los órganos que para ti son imprescindibles? ¿Acaso todo lo corporalmente que tienes es tuyo? ¿Acaso no te mueves por la gran sabiduría de Dios y porque puso en ti todo sin faltarte nada? Mira lo que eres tú y lo que soy yo…todo lo que los hombres suelen mirar con apasionamientos y preocupaciones, todo, todo se estrella ante la inexorable ley de la muerte, fama, honores, dinero, placeres, baile, cine, moda, fiestas de sociedad, vanidades, todo acaba entre “cuatro tablas” allá en el cementerio y en el cementerio todo termina reducido a cuatro huesos descarnados y malolientes que al fin se reducen a polvo, a sombra y luego a nada. ¿Todo? No, la parte visible del ser humano, el cuerpo sí, pero el espíritu que animo esos huesos, ese polvo, no acaba ese no muere, ese vuelve a Dios ya que de sus manos salió, y como hechura directa de Dios inmortal y semejante a Él.

Desaparecemos de la escena de la vida tu y yo, y al desaparecer del mundo todo sigue igual, pero no te olvides de que tu alma y la mía se pondrán cara a cara con Dios y tu le dirás que hiciste du tu vida y yo de la mía. ¿No has pensado en esto? ¿Acaso seguiremos siendo como maletas que se tiran a un carro sin saber de dónde vienen y para donde van?

Recuerdo que cuando pase de mi niñez a mi adolescencia, pensando que ganaba muy poco y que no me alcanzaba para ayudarle a mi mama, me puse a trabajar en una empresa de construcción,  como albañil, y al cabo de siete años ya trabajaba como oficial de la obra mayor, esto ocurrió cuando tenía 18 años.

La música desde años atrás me gustaba; recuerdo que una vez cantando en una serenata  al jefe de una empresa textil, me hicieron la oferta para trabajar en su fabrica y así pertenecer a un conjunto musical que tenía fama internacional, empecé con los coros y en el año 61 ya era solista entre 57 cantantes.  Pero, aunque no era “mujeriego”, tomaba mucho licor.  En una ocasión me llevaron con el conjunto a los Estados Unidos a una gira artística; y cuando en la casa Blanca para unas damas del Partido Republicano, me gané una beca para estudiar música en un conservatorio, del cual no recuerdo el nombre.  Pero como yo estaba casado y tenía varios hijos, y además mi esposa estaba en embarazo no pude aceptarla.

Cuando llegue a Colombia, como deseaba mucho una hija, pues tenía cuatro hijos varones, le dije una noche a la Santísima Virgen: “Madre ya vez como me gusta la música, pero si me regalas una niña de este embarazo de mi mujer, dejare de cantar para siempre, y así fue, a los 17 días Dios padre me regaló una niñita, y no volví a cantar en mi vida. Renuncié a la música y a mi empleo, ya que mis patrones me estaban presionando para que continuara en la vida artística.  Yo no quería trabajar más como albañil, y aunque me hicieron ofertas para trabajar en la radio, no podía faltar a mi compromiso con la Virgen, entonces me fui con la familia para mi pueblo natal: Concordia (Antioquia), donde muy pocos sabían de mi vida, ya que mi mamá me había traído de año y medio para la ciudad de Medellín.

Entonces compré un novillo con la poca plata que me habían dado como cesantías en la empresa donde trabajaba, y monte una pequeña carnicería.  A los siete años de ser carnicero ya mi Señor, a quien yo ignoraba, me había regalado una muy buena fortuna y manejaba mucho dinero en mi pueblo.  Pero fíjate hermano, seguía bebiendo licor sin medida, tanto que ya vivía mal con mi señora y hasta mal padre me volví.

Pero un lunes del año 1971, alrededor de las 9:30 de la mañana, cogí de los “rebujos” un “Librito Misal” que me había regalado mi madre hacía muchos años.  Lo tomé en mis manos temblorosas, ya que esa noche casi había amanecido bebiendo,  me fui rápidamente para un potrero que quedaba en lo alto de una loma, y allí como no sabía rezar, me puse a leer ese librito, como en cualquier libro.  Pero ocurrió un gran misterio: a medida que avanzaba en mi lectura, sentía que algo se adueñaba de mi, mi pobre alma sentía un PÁNICO tremendo, yo miraba para todos lados, porque sentía que algo me cogía, pero no, no había nada a mi alrededor; todo estaba solo y desierto, yo seguía con mi lectura, pero paso a paso mi cuerpo se iba estremeciendo, sentía que algo posaba sobre mí, el miedo y el pánico cada vez era más fuerte, hasta que me vi en la obligación de salir “despavorido”  por ese potrero hasta abajo.  A llegar a la casa, me encerré en mi alcoba y fui descubierto toda mi vida pasada y el sentido de mi vida actual.  El  Señor me hizo comprender que todo el dinero que poseía no solucionaba nada de mi existencia, que vivía que vivía mejor cuando era pobre. 

En medio de mi meditación regresé muchos años atrás y me di cuenta de que a pesar de mi ignorancia había llegado a la altura que muchos hombres ambicionaban, muchos triunfos, muchos éxitos, pero mi vida cada vez era más desolada y fría, entonces sentí en mi corazón que alguien me decía que renunciara a todo lo que tenia y que volviera a comenzar.  Esto me parecía absurdo y tonto, ¿yo pedir a mi Dios que me quitara de nuevo todo lo que me había dado?  Esto lo pensé tres días, era algo que me arrastraba a hablar con un sacerdote, yo no resistía mas, el dinero que tenia me hacía cada momento más infeliz, hasta que no aguante mas y fui a hablar con un sacerdote al cuarto día muy por la mañana.  Al llegar al atrio salía de la Iglesia un padrecito que yo conocía mucho, lo llame y le dije:

Padre, vengo en busca suya

¿Que te pasa Luis Federico?, -me contesto-

Yo le dije: -Padre tengo mi vida totalmente frustrada, estoy destrozado moralmente, ayúdame por favor- y continúe- Padre yo recuerdo cuando vivía en la pobreza más horrible, y yo vivía muy lindo, tenía mucha paz, mi existencia en el mundo era feliz- y le dije- Padre por favor mi alma esta arruinada mientras mi cuerpo se enriquece, usted Padre que al celebrar la Santa Misa se acerca tanto a Dios, pídale con todas sus fuerzas que me quite todo el dinero que me dio, dígale Padre que yo quiero ser tan pobre como lo era antes.

Él me contestó – Federico, ¿te estás volviendo loco? ¿Como dices eso?

No Padre soy un muerto que camina y quiero volver a vivir y el único que me puede ayudar es Dios – le conteste decididamente-  haga lo que yo le pido o busco otro Padre.

El me respondió: -¿Ya lo has pensado varias veces?

Yo le dije: -Hace tres días que vengo pensándolo y me he dado cuenta de que mi felicidad está en la pobreza; pídale a Dios que me deje en la ruina yo se lo suplico Padre.

Entonces me dijo: -Mañana muy de madrugada cuando apenas estén abriendo la Iglesia, ya tienes que estar aquí en el atrio y a las tres primeras ancianitas que tu veas que van a entrar a la misa de cinco, les preguntas que si van a comulgar y si te dicen que si, diles que ofrezcan esa comunión por una necesidad tuya, y nos despedimos.

Yo me regresé para la casa, ya había un poco de paz en mi corazón.

Al otro día a las cuatro y media de la mañana ya estaba yo en el atrio esperando que abriera la Iglesia, nadie de mi casa sabía lo que estaba ocurriendo.  La gente entraba a la misa y ningún anciano aparecía, todos eran gente adulta, nadie me llamaba la atención. De pronto vi que por las escaleras del atrio subía una ancianita, yo corrí para darle la mano y ayudarla a subir y le dije:

Señora, ¿usted va a comulgar en esta misa?

y ella me contestó con una voz muy dulce. - Si hijo,  ¿porque me preguntas?

Yo le dije: - Es para pedirle que ofrezca esta comunión por una necesidad que tengo

Y me dijo: - Con mucho gusto el te va a ayudar.

Luego miré hacia atrás y vi que una monjita del colegio se acercaba y le dije lo mismo y aceptó al instante, en esos momentos vino un ancianito y le dije lo mismo y también aceptó.  Me entre yo también a oír la Misa y comulgué, pero con la coincidencia de que me toco sentarme al lado de la primera ancianita que había visto, la cual tenía unos 90 años, la monjita alrededor de 80, y el ancianito era el más viejo de los tres.

Efectivamente a los 30 días llego la primera demostración del milagro, se rodó una tercera parte de mi finca quedando dentro de la tierra un poco de ganado que también era de mi propiedad.  En la panadería que yo tenía la cual surtía a más de medio pueblo, las ventas mermaron a tal extremo que tuve que dejar a los trabajadores ir para otras partes, ya que parva no gustaba y no se vendía; y empecé a hacer malos negocios  por todas partes y a perder mucho dinero.  La repostería que tenía la perdí, ya que la empleada me robaba las ganancias y tuve que vender lo poco que me quedaba.  En la carnicería no se vendía casi y perdí  grandes sumas en el ganado que compraba.  La finca seguía rodándose y el ganado que no se mataba se iba atrasando de una manera tan horrible que tuve que venderlo por cualquier cosa.  ¡Todo se acabó en tres meses!

Ya en la ruina me regresé para la ciudad, y en verdad hermano me quede de limosna, mis pobres hijos y mi señora sufrieron muchas necesidades, y estuvieron rodando de casa en casa hasta parar en un garaje, donde teníamos que acomodarnos 11 personas.

La miseria y el hambre que sentíamos era espantosa, en el año 72 le dije a nuestra señora que le dijera a mi Señor Jesús que me regalara una casita para que mis hijos no aguantaran tanto frio, en 1973 me regalo la casita estando yo sin trabajo y sin comida para darle a mis hijos.  En 1974 conseguí un trabajo con el gobierno y aún lo conservo por gracia de Dios.

Y seguí dándole gracias a Dios porque con mi pobreza, conseguí  la felicidad que yo deseaba. En el mes de marzo de 1976 sentí la necesidad de orar muy a solas pero a campo abierto y al aire libre, o sea en una montaña y así lo hice.  En el mes de abril, sábado 10 de 1976 salí a una montaña a orar, y aunque mi oración aquel día fue diferente, pues estaba conociendo la finca de un pariente y solo pude orar en mi corazón,  hacia las 11:00 de la mañana se me apareció nuestra Señora del Cielo, me llene del Espíritu de Dios y ella envió el primer mensaje para la iglesia…

DON LUIS FEDERICO BLANDÓN
FALLECIO EN EL AÑO DE 199
LA VIRGEN MARIA EN UNA DE SUS APARICIONES LE DIJO QUE NO MORIRÍA POR FALLAS EN SU CORAZON SINO QUE MORIRÍA DE AMOR

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